Ciudad de México, marzo de 2026. — En un contexto donde la información circula a gran velocidad, la verdad parece cada vez más difusa. La opinión pública se enfrenta diariamente a discursos, promesas y narrativas que, lejos de esclarecer la realidad, muchas veces la distorsionan.
La columna “Testigo del tiempo” pone sobre la mesa una reflexión crítica: vivimos en una era donde las mentiras —disfrazadas de discursos políticos, mediáticos o incluso sociales— se han normalizado. No se trata solo de falsedades evidentes, sino de medias verdades, omisiones y relatos construidos estratégicamente para influir en la percepción colectiva.
La normalización del engaño
Uno de los puntos centrales es cómo la sociedad ha aprendido a convivir con estas distorsiones. El problema no radica únicamente en quienes generan la desinformación, sino también en una ciudadanía que, en ocasiones, la consume sin cuestionarla.
La repetición constante de ciertos mensajes termina por convertirlos en “verdades” aceptadas, aunque carezcan de sustento sólido. Así, el engaño deja de ser una excepción para convertirse en parte del entorno cotidiano.
Política, narrativa y poder
La columna también aborda el papel de los actores políticos y de poder en la construcción de estas narrativas. En muchos casos, las mentiras no surgen de manera accidental, sino como herramientas para sostener proyectos, justificar decisiones o manipular la opinión pública.
Esto plantea un desafío importante: distinguir entre información real y discursos diseñados para persuadir.
Una llamada a la conciencia crítica
Más allá de la crítica, el texto invita a la reflexión individual. En un mundo saturado de información, la responsabilidad de cuestionar, verificar y analizar recae también en cada persona.
El verdadero riesgo no es solo que existan mentiras, sino que se acepten sin resistencia.



